Hola, esta es una muestra de una performance realizada en la universidad ARCIS
viernes, junio 19
martes, septiembre 9
Valparaíso de todos los fluídos

¿Quién hubiese sabido que llovería ese sábado en Valparaíso? Felipe no lo sabía, tenía sus zapatillas Converse mojadas. Yo lo supe porque vi el tiempo en Chilevisión el día jueves, el mismo día que le dije a mi madre que me iría de paseo con unos compañeros de curso. Ella me prestó dinero. No me preguntó nada, quizás suponía que le estaba mintiendo.
Mi compañero era sólo Felipe, un amigo que trabaja y que por eso me pudo invitar a varios completos en restaurantes pasados a fritura en Valpo, mientras nos tocábamos nuestras rodillas como si las rodillas tuvieran dedos.
Yo nunca había visto a mi amigo en la decadencia. Siempre le alegaba que era demasiado compuesto, una dama tercermundista del siglo XXI. Porque yo soy ingenuo, para mí la pérdida de la vergüenza es estar borracho quizás, mearte mientras duermes, desnudarte en una fiesta, besar a un travesti o follar con tu mejor amiga que es virgen. En Valparaíso, esa ciudad que acumula la orina de todos los borrachos y prostitutas, se puede hacer todo este tipo de actuaciones circenses.
Ese era el desafío: que por primera vez yo viera a Felipe tambaleándose, gritando en la calle quizás, idealmente vomitando. Así que mi amigo se fue bebiendo en el bus una mezcla de alcohol mariquita que era cerveza en una botella de jugo y no nos aguantábamos las ganas de comenzar a besarnos, aunque hubiese una niña con su padre detrás de nosotros. Ahí descubrí que los mejores asientos para tener sexo oral son los últimos.
Si nos curábamos no habría ningún problema, de seguro lo pasaríamos bien inconscientemente. El problema fue descubrir que no nos caímos bien, que no soportaríamos 48 horas juntos. Yo estaba dispuesto a aburrirme y devolverme solo a Santiago. Verlo llorar quizás.
Llegamos al Terminal a la hora que el sol se esconde, así de tierno e ingenuo. Nuestras mochilas estaban que reventaban como las ganas de follarme a mi amigo. Yo no quería seguir comiendo completos, ni churros ni cosas con aceite frito. Caminamos por calles que me recordaban a la Estación Central cuando mi madre me compraba útiles escolares o cuando he ido a comprar cornetas y gorros para cumpleaños.
“Aquí yo besé al gringo”, le dije a mi amigo en la Plaza Victoria, recordando ese episodio del año nuevo. Fue después de un churro. Con Felipe todo es diferente. Se trata de mirarnos a los ojos por un momento y luego cerrarlos, de tocarnos nuestros puños, de andar pegaditos lo suficiente para que se pueda pensar que somos más que amigos. Se trata de burlarme de sus expresiones, de su risa y su hablar de puta. Porque me gusta molestarlo por su tono de voz de mujer y él se enoja y no me habla en una cuadra más. En ocasiones me alejo de él… para observarle su bello culo.
Hicimos las monedas para pagar la pieza. En realidad fue casi lo único que puse de dinero, lo demás fue unas fichas para los flipper, unos conos de helado y obviamente mi reestreno como penetrador en la cama.
Pedimos dos camas. Sólo ocupamos una. El hostal era una casa antigua, el suelo sonaba y las camas un poco más. A un lado de nosotros había una gringa y al otro, no sabíamos, pero sólo escuchábamos el sonido de un partido de fútbol. Pusimos nuestras sábanas y comencé a lamer el cuerpo de mi amigo que ya no tiritaba como lo hacía antes, que ahora me deja meter mi lengua en su ano mientras yo me excito y él gime, y así parecemos un poco lesbianas. Felipe bebía a cada rato vodka con frutilla, comenzamos a esparcirnos el vodka en su estómago, su oreja, mi culo. Estábamos terriblemente solos y pronto debíamos ir a una fiesta.
Era mi primera vez en una luna de miel. Para mi amigo también era su primera vez, por eso me agarraba de mis brazos para que yo no le metiera mi pene tan fuerte, porque le dolía. Yo no le hacía caso, sólo seguía penetrándolo hasta que él me empujaba. Luego mi amigo escondía su culito moreno. Y yo comenzaba a decirle que si algún día le dejaba de hablar demasiado, que si ya no lo besaba, sería porque no me dejaba metérselo. En realidad, era porque me cuesta mucho mantener una erección, porque la vida es más fácil recibiendo un falo que te folla en la cama, en la Universidad, en tu casa, un pene que puede ser hasta del amigo que me mira en los pasillos. Todos estamos acostumbrados a que nos metan el pene imaginario que nos hace andar de la mano sólo ebrios, porque sobrios no podemos porque duele mucho.
A Felipe también le duele mucho cuando lo muerdo, cuando le dejo mis dientes marcados en sus nalgas, cuando no lo acompaño al baño cuando comienza a vomitar, cuando me río porque comienza a llorar en medio de una posición kamasutra y me río no porque me diga “es que tengo miedo a quererte” ni porque esté desnudo llorando y aún así se cubre los ojos como si yo no me fuera a dar cuenta, no me río de su felicidad lacrimógena sino de que comience a decir “no, no, que vergüenza” como si fuera tan humillante llorar. Yo le digo que de eso se trata la vida, de sufrir. Y Felipe se enoja más aún y se levanta de la cama, me acerco y me empuja y me dice que quiere estar solo. Yo espero un rato en una esquina de la cama, pensando en que el carrete ya habrá comenzado, que definitivamente no iremos a ninguna parte, que aún ni siquiera he conseguido un orgasmo, que aún no pruebo el semen de otro, ése sabor a clavo como dice una amiga.
En la pieza de al lado el fútbol ha sido cambiado por un programa de farándula. Comienzo a cantar una canción de Supernova que suena al lado. Hay un cuadro escolar a medio pintar que decora la habitación. Mi amigo sigue hablando respecto a la vergüenza que constituye llorar en medio del acto sexual. Yo le digo que me parece hermoso, como follar con una mujer con la regla.
Comienzo a abordar otra vez a mi amigo, le digo cosas sin sentido, como por ejemplo que estoy muy feliz. Mi amigo no quiere que le meta mi pene y yo no tengo ganas de tener una erección. Entonces decido comenzar a usar mis dedos. Mi amigo gime y le pregunto si siente algo. Yo siento estructuras duras en su interior, me excita verlo con su rostro lleno de dolor y luego de placer. Me parece que no hay nada más lindo que poner los dedos donde no se debe.
Cuando saco mis dedos, descubro que los metí muy adentro. En ese momento recuerdo que no traje toalla. Tomé pedazos de Confort para limpiarme, mientras mi amigo seguía gritando ¡que vergüenza! por ver mis dedos algo cafés. Yo le digo que es obvio, que todo ano tiene algo de mierda. “Pero yo tengo más”, me dice, como si fuera lo peor del mundo, como si lo fuera a dejar por esto. Me dice que nunca más permitirá que lo toque de esa manera. Le digo que se calle, que iré a lavarme mis manos al baño. Me dice que es lo más asqueroso que ha visto en su vida. Luego comienza a hacer arcadas, tuve que abrir la puerta para que no vomitara la pieza.
Me quedé en la pieza viendo una cama cubierta de ropa, el piso lleno de montones de confort, la caja de condones, el dinero que me quedaba y que me alcanzaba justo para irme.
Mi compañero era sólo Felipe, un amigo que trabaja y que por eso me pudo invitar a varios completos en restaurantes pasados a fritura en Valpo, mientras nos tocábamos nuestras rodillas como si las rodillas tuvieran dedos.
Yo nunca había visto a mi amigo en la decadencia. Siempre le alegaba que era demasiado compuesto, una dama tercermundista del siglo XXI. Porque yo soy ingenuo, para mí la pérdida de la vergüenza es estar borracho quizás, mearte mientras duermes, desnudarte en una fiesta, besar a un travesti o follar con tu mejor amiga que es virgen. En Valparaíso, esa ciudad que acumula la orina de todos los borrachos y prostitutas, se puede hacer todo este tipo de actuaciones circenses.
Ese era el desafío: que por primera vez yo viera a Felipe tambaleándose, gritando en la calle quizás, idealmente vomitando. Así que mi amigo se fue bebiendo en el bus una mezcla de alcohol mariquita que era cerveza en una botella de jugo y no nos aguantábamos las ganas de comenzar a besarnos, aunque hubiese una niña con su padre detrás de nosotros. Ahí descubrí que los mejores asientos para tener sexo oral son los últimos.
Si nos curábamos no habría ningún problema, de seguro lo pasaríamos bien inconscientemente. El problema fue descubrir que no nos caímos bien, que no soportaríamos 48 horas juntos. Yo estaba dispuesto a aburrirme y devolverme solo a Santiago. Verlo llorar quizás.
Llegamos al Terminal a la hora que el sol se esconde, así de tierno e ingenuo. Nuestras mochilas estaban que reventaban como las ganas de follarme a mi amigo. Yo no quería seguir comiendo completos, ni churros ni cosas con aceite frito. Caminamos por calles que me recordaban a la Estación Central cuando mi madre me compraba útiles escolares o cuando he ido a comprar cornetas y gorros para cumpleaños.
“Aquí yo besé al gringo”, le dije a mi amigo en la Plaza Victoria, recordando ese episodio del año nuevo. Fue después de un churro. Con Felipe todo es diferente. Se trata de mirarnos a los ojos por un momento y luego cerrarlos, de tocarnos nuestros puños, de andar pegaditos lo suficiente para que se pueda pensar que somos más que amigos. Se trata de burlarme de sus expresiones, de su risa y su hablar de puta. Porque me gusta molestarlo por su tono de voz de mujer y él se enoja y no me habla en una cuadra más. En ocasiones me alejo de él… para observarle su bello culo.
Hicimos las monedas para pagar la pieza. En realidad fue casi lo único que puse de dinero, lo demás fue unas fichas para los flipper, unos conos de helado y obviamente mi reestreno como penetrador en la cama.
Pedimos dos camas. Sólo ocupamos una. El hostal era una casa antigua, el suelo sonaba y las camas un poco más. A un lado de nosotros había una gringa y al otro, no sabíamos, pero sólo escuchábamos el sonido de un partido de fútbol. Pusimos nuestras sábanas y comencé a lamer el cuerpo de mi amigo que ya no tiritaba como lo hacía antes, que ahora me deja meter mi lengua en su ano mientras yo me excito y él gime, y así parecemos un poco lesbianas. Felipe bebía a cada rato vodka con frutilla, comenzamos a esparcirnos el vodka en su estómago, su oreja, mi culo. Estábamos terriblemente solos y pronto debíamos ir a una fiesta.
Era mi primera vez en una luna de miel. Para mi amigo también era su primera vez, por eso me agarraba de mis brazos para que yo no le metiera mi pene tan fuerte, porque le dolía. Yo no le hacía caso, sólo seguía penetrándolo hasta que él me empujaba. Luego mi amigo escondía su culito moreno. Y yo comenzaba a decirle que si algún día le dejaba de hablar demasiado, que si ya no lo besaba, sería porque no me dejaba metérselo. En realidad, era porque me cuesta mucho mantener una erección, porque la vida es más fácil recibiendo un falo que te folla en la cama, en la Universidad, en tu casa, un pene que puede ser hasta del amigo que me mira en los pasillos. Todos estamos acostumbrados a que nos metan el pene imaginario que nos hace andar de la mano sólo ebrios, porque sobrios no podemos porque duele mucho.
A Felipe también le duele mucho cuando lo muerdo, cuando le dejo mis dientes marcados en sus nalgas, cuando no lo acompaño al baño cuando comienza a vomitar, cuando me río porque comienza a llorar en medio de una posición kamasutra y me río no porque me diga “es que tengo miedo a quererte” ni porque esté desnudo llorando y aún así se cubre los ojos como si yo no me fuera a dar cuenta, no me río de su felicidad lacrimógena sino de que comience a decir “no, no, que vergüenza” como si fuera tan humillante llorar. Yo le digo que de eso se trata la vida, de sufrir. Y Felipe se enoja más aún y se levanta de la cama, me acerco y me empuja y me dice que quiere estar solo. Yo espero un rato en una esquina de la cama, pensando en que el carrete ya habrá comenzado, que definitivamente no iremos a ninguna parte, que aún ni siquiera he conseguido un orgasmo, que aún no pruebo el semen de otro, ése sabor a clavo como dice una amiga.
En la pieza de al lado el fútbol ha sido cambiado por un programa de farándula. Comienzo a cantar una canción de Supernova que suena al lado. Hay un cuadro escolar a medio pintar que decora la habitación. Mi amigo sigue hablando respecto a la vergüenza que constituye llorar en medio del acto sexual. Yo le digo que me parece hermoso, como follar con una mujer con la regla.
Comienzo a abordar otra vez a mi amigo, le digo cosas sin sentido, como por ejemplo que estoy muy feliz. Mi amigo no quiere que le meta mi pene y yo no tengo ganas de tener una erección. Entonces decido comenzar a usar mis dedos. Mi amigo gime y le pregunto si siente algo. Yo siento estructuras duras en su interior, me excita verlo con su rostro lleno de dolor y luego de placer. Me parece que no hay nada más lindo que poner los dedos donde no se debe.
Cuando saco mis dedos, descubro que los metí muy adentro. En ese momento recuerdo que no traje toalla. Tomé pedazos de Confort para limpiarme, mientras mi amigo seguía gritando ¡que vergüenza! por ver mis dedos algo cafés. Yo le digo que es obvio, que todo ano tiene algo de mierda. “Pero yo tengo más”, me dice, como si fuera lo peor del mundo, como si lo fuera a dejar por esto. Me dice que nunca más permitirá que lo toque de esa manera. Le digo que se calle, que iré a lavarme mis manos al baño. Me dice que es lo más asqueroso que ha visto en su vida. Luego comienza a hacer arcadas, tuve que abrir la puerta para que no vomitara la pieza.
Me quedé en la pieza viendo una cama cubierta de ropa, el piso lleno de montones de confort, la caja de condones, el dinero que me quedaba y que me alcanzaba justo para irme.
martes, julio 29
EL MOTEL DEL BARRIO BRASIL
EL MOTEL DEL BARRIO BRASIL

Veníamos de tomarnos unas copas de champaña, alguien nos gritó “ay, el amor” en tono burlón y tú te enojaste. Nos preguntamos qué hacer ahí entre ese Barrio Bellavista un día de semana. Estaba bebido y dije si acaso íbamos a un motel, sabiendo que me dirías que no. Y creo que fue el completo que nos comimos y ese grito en la calle los que te hicieron repetir mi oración. Somos dos loquitas que leen a Foucault y que caminan por la calle con miedo, jugando a las escondidas mientras nos besamos, frustrados porque nadie sabe donde hay un motel barato donde podamos poner nuestras cloacas. Porque tus padres no saben que esa voz es porque piensas como mujer y lo de mujer es porque tú eres una fémina clásica, maternal, que se hace un sándwich en la mañana y no se lo come y además va a marchas pro-anticoncepción.
Entramos a un local gay, la gente sabe que queremos follar, se nota en nuestras caras. Dimos varias vueltas, no teníamos 17 lucas para pagar ese motel, hasta que no aburrimos y tomamos una micro donde nos sentamos al fondo y nos comenzamos a besar. A esa hora sólo habían trabajadores de sueldo mínimo cabeceando en el bus esperando llegar a sus casas y sin poderse calentar porque no tienen tiempo para follar. No hablamos de lo nuestro porque no tenemos nada, queremos ser de todos, aunque tú me digas que no puedas besar a otros porque me quieres, yo sé que podrás y pareciera que estoy seguro de que la prostitución es la evolución del hombre.
Yo te decía que tenía frío porque era pasada la medianoche, que estaba muy ebrio, que nos fuéramos a mi casa y dijéramos que eras un compañero de curso, entonces llegamos a un motel en Cumming donde una peruana me abrió la puerta y me dijo el precio y yo le dije que sí, pero cuando te vio sin senos turgentes hizo un no con la boca, como si algo estuviera mal en tu rostro. Y dije bueno y me reí porque me discriminaba una inmigrante. Lo que importaba era que tenía unos condones sabor a menta, que sería tu primera vez haciendo el rito penetrativo y yo no estaba seguro de cómo lo haría.
Dimos vueltas y llegamos a un hostal que parecía una casa de clase media-baja. Nos abrió una señora de pelo mal teñido, con cara de beber mucho café para mantenerse despierta, con cara de que los hijos no la querían o la habían hecho sufrir mucho. Sólo 8 lucas la noche, tú pagarías porque tú trabajabas y yo no, yo me dedicaba a hablar de política en las sala de clases. Dejé mi carnet y la señora nos habló de lo que nos ofrecía ese hogar de madera y flores color tierra, camas de dos plazas con fundas floreadas por todo fluido y una televisión del año 92. No importaba esa precariedad, tampoco quienes podrían haber estado la noche anterior en esa pieza con baño personal, quizás un hombre casado con una puta, quizás un inmigrante sin trabajo, no importaba. Tampoco la lava del volcán que aparecía en la cajita delirante, sólo quería saber como era verte pequeña desnuda y abrazarte y aguantarme las ganas de decirte que me digas obscenidades o que me muerdas sin que te fueras o me mirarás.
Tú pene era una callampa, de verdad, no como mi pene que es como una manguera. Me asustó que fuera tan gruesa su punta. Era mi primera vez en un motel, pero me sentía como en mi casa mientras te lamía la entre pierna sin que me terminaras golpeando porque te da risa, porque nunca nadie te había lamido ahí. Y te digo que estoy feliz, que me siento como en esos hoteles de paso de películas gringas donde siempre terminan matando a los protagonistas y tú no dices nada, sólo disfrutas. Me callo.
Arriba tuyo, abajo, de pie, que me metas tu dedo, intento metértela, te digo que estoy demasiado curada, eyaculaste en mi cara, tanto que me dio envidia. Gemías como si tuvieras un orgasmo de treinta minutos mientras eyaculabas. Te sentías pleno, mientras yo estaba acostumbrado a irme rapidito con mi semen, en una sala de profesores, en un baño o en mi casa viendo un porno de dos minutos. Nos lamimos harto, pero no me dejaste lamerte el culo, creías que me daría hepatitis, yo no tenía ánimo de educarte. Quizás me abrumó lo feliz de ese momento, que no se me parara, creo que te dije que tenía sueño y me quedé dormido.
Al otro día tú ibas al trabajo y yo a la universidad. En nuestra pieza no había ventana, así que no notamos cuando salió sol, en esa pieza siempre era de noche. Entonces nos dimos una ducha de agua helada porque no supimos encender el calefón, el piso estaba mohoso. Te sequé mientras tiritabas. Te presté mi pasta de dientes, te lavé el culo, el pene, los ojos, quise ser bueno porque pensé en no verte nunca más en la cama. Te podía ver como meabas y eso me hacía feliz, ponerte incómodo me ponía feliz.
Los condones sin semen los botamos. No ordenamos la cama y apagamos la tele y su matinal maternal. Fuimos a buscar a la señora que nos atendió, tuve que despertarla. Te veías lindo con el pelo mojado. La señora fue a buscar el vuelto y nos dijo que esperáramos. Yo te besé y dije que por qué no comenzabas a investigar que había en el Motel. Me metí a una pieza esperando que me acompañaras y me decías que no hiciera eso, que en cualquier momento llegaba la señora.
Esa noche había soñado que follaba en un auto, no eras tú quien tenía esa cintura de delgada que ponía sobre el manubrio. Mientras caminábamos por Santiago de día, como amigos, me dijiste que gemí toda la noche, que trataste de despertarme pero no pudiste, que te molestó mucho que no despertara. Yo te dije que esos gritos nocturnos eran porque había soñado contigo.
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