martes, septiembre 9

Valparaíso de todos los fluídos


¿Quién hubiese sabido que llovería ese sábado en Valparaíso? Felipe no lo sabía, tenía sus zapatillas Converse mojadas. Yo lo supe porque vi el tiempo en Chilevisión el día jueves, el mismo día que le dije a mi madre que me iría de paseo con unos compañeros de curso. Ella me prestó dinero. No me preguntó nada, quizás suponía que le estaba mintiendo.
Mi compañero era sólo Felipe, un amigo que trabaja y que por eso me pudo invitar a varios completos en restaurantes pasados a fritura en Valpo, mientras nos tocábamos nuestras rodillas como si las rodillas tuvieran dedos.
Yo nunca había visto a mi amigo en la decadencia. Siempre le alegaba que era demasiado compuesto, una dama tercermundista del siglo XXI. Porque yo soy ingenuo, para mí la pérdida de la vergüenza es estar borracho quizás, mearte mientras duermes, desnudarte en una fiesta, besar a un travesti o follar con tu mejor amiga que es virgen. En Valparaíso, esa ciudad que acumula la orina de todos los borrachos y prostitutas, se puede hacer todo este tipo de actuaciones circenses.
Ese era el desafío: que por primera vez yo viera a Felipe tambaleándose, gritando en la calle quizás, idealmente vomitando. Así que mi amigo se fue bebiendo en el bus una mezcla de alcohol mariquita que era cerveza en una botella de jugo y no nos aguantábamos las ganas de comenzar a besarnos, aunque hubiese una niña con su padre detrás de nosotros. Ahí descubrí que los mejores asientos para tener sexo oral son los últimos.
Si nos curábamos no habría ningún problema, de seguro lo pasaríamos bien inconscientemente. El problema fue descubrir que no nos caímos bien, que no soportaríamos 48 horas juntos. Yo estaba dispuesto a aburrirme y devolverme solo a Santiago. Verlo llorar quizás.
Llegamos al Terminal a la hora que el sol se esconde, así de tierno e ingenuo. Nuestras mochilas estaban que reventaban como las ganas de follarme a mi amigo. Yo no quería seguir comiendo completos, ni churros ni cosas con aceite frito. Caminamos por calles que me recordaban a la Estación Central cuando mi madre me compraba útiles escolares o cuando he ido a comprar cornetas y gorros para cumpleaños.
“Aquí yo besé al gringo”, le dije a mi amigo en la Plaza Victoria, recordando ese episodio del año nuevo. Fue después de un churro. Con Felipe todo es diferente. Se trata de mirarnos a los ojos por un momento y luego cerrarlos, de tocarnos nuestros puños, de andar pegaditos lo suficiente para que se pueda pensar que somos más que amigos. Se trata de burlarme de sus expresiones, de su risa y su hablar de puta. Porque me gusta molestarlo por su tono de voz de mujer y él se enoja y no me habla en una cuadra más. En ocasiones me alejo de él… para observarle su bello culo.
Hicimos las monedas para pagar la pieza. En realidad fue casi lo único que puse de dinero, lo demás fue unas fichas para los flipper, unos conos de helado y obviamente mi reestreno como penetrador en la cama.
Pedimos dos camas. Sólo ocupamos una. El hostal era una casa antigua, el suelo sonaba y las camas un poco más. A un lado de nosotros había una gringa y al otro, no sabíamos, pero sólo escuchábamos el sonido de un partido de fútbol. Pusimos nuestras sábanas y comencé a lamer el cuerpo de mi amigo que ya no tiritaba como lo hacía antes, que ahora me deja meter mi lengua en su ano mientras yo me excito y él gime, y así parecemos un poco lesbianas. Felipe bebía a cada rato vodka con frutilla, comenzamos a esparcirnos el vodka en su estómago, su oreja, mi culo. Estábamos terriblemente solos y pronto debíamos ir a una fiesta.
Era mi primera vez en una luna de miel. Para mi amigo también era su primera vez, por eso me agarraba de mis brazos para que yo no le metiera mi pene tan fuerte, porque le dolía. Yo no le hacía caso, sólo seguía penetrándolo hasta que él me empujaba. Luego mi amigo escondía su culito moreno. Y yo comenzaba a decirle que si algún día le dejaba de hablar demasiado, que si ya no lo besaba, sería porque no me dejaba metérselo. En realidad, era porque me cuesta mucho mantener una erección, porque la vida es más fácil recibiendo un falo que te folla en la cama, en la Universidad, en tu casa, un pene que puede ser hasta del amigo que me mira en los pasillos. Todos estamos acostumbrados a que nos metan el pene imaginario que nos hace andar de la mano sólo ebrios, porque sobrios no podemos porque duele mucho.
A Felipe también le duele mucho cuando lo muerdo, cuando le dejo mis dientes marcados en sus nalgas, cuando no lo acompaño al baño cuando comienza a vomitar, cuando me río porque comienza a llorar en medio de una posición kamasutra y me río no porque me diga “es que tengo miedo a quererte” ni porque esté desnudo llorando y aún así se cubre los ojos como si yo no me fuera a dar cuenta, no me río de su felicidad lacrimógena sino de que comience a decir “no, no, que vergüenza” como si fuera tan humillante llorar. Yo le digo que de eso se trata la vida, de sufrir. Y Felipe se enoja más aún y se levanta de la cama, me acerco y me empuja y me dice que quiere estar solo. Yo espero un rato en una esquina de la cama, pensando en que el carrete ya habrá comenzado, que definitivamente no iremos a ninguna parte, que aún ni siquiera he conseguido un orgasmo, que aún no pruebo el semen de otro, ése sabor a clavo como dice una amiga.
En la pieza de al lado el fútbol ha sido cambiado por un programa de farándula. Comienzo a cantar una canción de Supernova que suena al lado. Hay un cuadro escolar a medio pintar que decora la habitación. Mi amigo sigue hablando respecto a la vergüenza que constituye llorar en medio del acto sexual. Yo le digo que me parece hermoso, como follar con una mujer con la regla.
Comienzo a abordar otra vez a mi amigo, le digo cosas sin sentido, como por ejemplo que estoy muy feliz. Mi amigo no quiere que le meta mi pene y yo no tengo ganas de tener una erección. Entonces decido comenzar a usar mis dedos. Mi amigo gime y le pregunto si siente algo. Yo siento estructuras duras en su interior, me excita verlo con su rostro lleno de dolor y luego de placer. Me parece que no hay nada más lindo que poner los dedos donde no se debe.
Cuando saco mis dedos, descubro que los metí muy adentro. En ese momento recuerdo que no traje toalla. Tomé pedazos de Confort para limpiarme, mientras mi amigo seguía gritando ¡que vergüenza! por ver mis dedos algo cafés. Yo le digo que es obvio, que todo ano tiene algo de mierda. “Pero yo tengo más”, me dice, como si fuera lo peor del mundo, como si lo fuera a dejar por esto. Me dice que nunca más permitirá que lo toque de esa manera. Le digo que se calle, que iré a lavarme mis manos al baño. Me dice que es lo más asqueroso que ha visto en su vida. Luego comienza a hacer arcadas, tuve que abrir la puerta para que no vomitara la pieza.
Me quedé en la pieza viendo una cama cubierta de ropa, el piso lleno de montones de confort, la caja de condones, el dinero que me quedaba y que me alcanzaba justo para irme.

martes, julio 29

EL MOTEL DEL BARRIO BRASIL


EL MOTEL DEL BARRIO BRASIL





Veníamos de tomarnos unas copas de champaña, alguien nos gritó “ay, el amor” en tono burlón y tú te enojaste. Nos preguntamos qué hacer ahí entre ese Barrio Bellavista un día de semana. Estaba bebido y dije si acaso íbamos a un motel, sabiendo que me dirías que no. Y creo que fue el completo que nos comimos y ese grito en la calle los que te hicieron repetir mi oración. Somos dos loquitas que leen a Foucault y que caminan por la calle con miedo, jugando a las escondidas mientras nos besamos, frustrados porque nadie sabe donde hay un motel barato donde podamos poner nuestras cloacas. Porque tus padres no saben que esa voz es porque piensas como mujer y lo de mujer es porque tú eres una fémina clásica, maternal, que se hace un sándwich en la mañana y no se lo come y además va a marchas pro-anticoncepción.
Entramos a un local gay, la gente sabe que queremos follar, se nota en nuestras caras. Dimos varias vueltas, no teníamos 17 lucas para pagar ese motel, hasta que no aburrimos y tomamos una micro donde nos sentamos al fondo y nos comenzamos a besar. A esa hora sólo habían trabajadores de sueldo mínimo cabeceando en el bus esperando llegar a sus casas y sin poderse calentar porque no tienen tiempo para follar. No hablamos de lo nuestro porque no tenemos nada, queremos ser de todos, aunque tú me digas que no puedas besar a otros porque me quieres, yo sé que podrás y pareciera que estoy seguro de que la prostitución es la evolución del hombre.
Yo te decía que tenía frío porque era pasada la medianoche, que estaba muy ebrio, que nos fuéramos a mi casa y dijéramos que eras un compañero de curso, entonces llegamos a un motel en Cumming donde una peruana me abrió la puerta y me dijo el precio y yo le dije que sí, pero cuando te vio sin senos turgentes hizo un no con la boca, como si algo estuviera mal en tu rostro. Y dije bueno y me reí porque me discriminaba una inmigrante. Lo que importaba era que tenía unos condones sabor a menta, que sería tu primera vez haciendo el rito penetrativo y yo no estaba seguro de cómo lo haría.
Dimos vueltas y llegamos a un hostal que parecía una casa de clase media-baja. Nos abrió una señora de pelo mal teñido, con cara de beber mucho café para mantenerse despierta, con cara de que los hijos no la querían o la habían hecho sufrir mucho. Sólo 8 lucas la noche, tú pagarías porque tú trabajabas y yo no, yo me dedicaba a hablar de política en las sala de clases. Dejé mi carnet y la señora nos habló de lo que nos ofrecía ese hogar de madera y flores color tierra, camas de dos plazas con fundas floreadas por todo fluido y una televisión del año 92. No importaba esa precariedad, tampoco quienes podrían haber estado la noche anterior en esa pieza con baño personal, quizás un hombre casado con una puta, quizás un inmigrante sin trabajo, no importaba. Tampoco la lava del volcán que aparecía en la cajita delirante, sólo quería saber como era verte pequeña desnuda y abrazarte y aguantarme las ganas de decirte que me digas obscenidades o que me muerdas sin que te fueras o me mirarás.
Tú pene era una callampa, de verdad, no como mi pene que es como una manguera. Me asustó que fuera tan gruesa su punta. Era mi primera vez en un motel, pero me sentía como en mi casa mientras te lamía la entre pierna sin que me terminaras golpeando porque te da risa, porque nunca nadie te había lamido ahí. Y te digo que estoy feliz, que me siento como en esos hoteles de paso de películas gringas donde siempre terminan matando a los protagonistas y tú no dices nada, sólo disfrutas. Me callo.
Arriba tuyo, abajo, de pie, que me metas tu dedo, intento metértela, te digo que estoy demasiado curada, eyaculaste en mi cara, tanto que me dio envidia. Gemías como si tuvieras un orgasmo de treinta minutos mientras eyaculabas. Te sentías pleno, mientras yo estaba acostumbrado a irme rapidito con mi semen, en una sala de profesores, en un baño o en mi casa viendo un porno de dos minutos. Nos lamimos harto, pero no me dejaste lamerte el culo, creías que me daría hepatitis, yo no tenía ánimo de educarte. Quizás me abrumó lo feliz de ese momento, que no se me parara, creo que te dije que tenía sueño y me quedé dormido.
Al otro día tú ibas al trabajo y yo a la universidad. En nuestra pieza no había ventana, así que no notamos cuando salió sol, en esa pieza siempre era de noche. Entonces nos dimos una ducha de agua helada porque no supimos encender el calefón, el piso estaba mohoso. Te sequé mientras tiritabas. Te presté mi pasta de dientes, te lavé el culo, el pene, los ojos, quise ser bueno porque pensé en no verte nunca más en la cama. Te podía ver como meabas y eso me hacía feliz, ponerte incómodo me ponía feliz.
Los condones sin semen los botamos. No ordenamos la cama y apagamos la tele y su matinal maternal. Fuimos a buscar a la señora que nos atendió, tuve que despertarla. Te veías lindo con el pelo mojado. La señora fue a buscar el vuelto y nos dijo que esperáramos. Yo te besé y dije que por qué no comenzabas a investigar que había en el Motel. Me metí a una pieza esperando que me acompañaras y me decías que no hiciera eso, que en cualquier momento llegaba la señora.
Esa noche había soñado que follaba en un auto, no eras tú quien tenía esa cintura de delgada que ponía sobre el manubrio. Mientras caminábamos por Santiago de día, como amigos, me dijiste que gemí toda la noche, que trataste de despertarme pero no pudiste, que te molestó mucho que no despertara. Yo te dije que esos gritos nocturnos eran porque había soñado contigo.

domingo, julio 6

Después de Terminar



DESPUES DE TERMINAR




Sí, hace días no le hablaba por chat o por teléfono. Quizás me dio pavor verme en una relación, porque no quiero que me exijan nada. No quiero dependencia, tampoco llamados nocturnos enamoradizos, inacabables, donde el “te quiero” es un sinónimo de un “me siento solo”. No le diré chancho, ni chanchi en la casa, ni en la heladería, le diría que es mi cholita y sólo cuando me meta su dedito y el otro en el ano que se expande porque está hecho para eso y para nada más, hasta que me pregunte tímida y mistral “¿te duele?” y luego me diga como si fuera una escena de Lynch que me tocó algo raro, como con pliegues.
Entonces, en ese caso, yo sería el monstruo, me basta con comerme las uñas y tener una espinilla en mi nariz y me convierto en un alien. Así que cuando llegaste me diste una revista, hablaste de cosas banales que se notan mucho cuando uno ama y me diste una caluga de menta, quizás porque pensabas que nos podríamos besar en un ratito más y porque tú siempre vienes del trabajo, desaseado, cansado, alegando y yo sólo atino a mirar para otra parte. ¿Verdad?
No, no es tan así. Me doy cuenta de que tú eres un ángel, eres buena conmigo, que me traes tortas y me compras lubricante, que contigo me gustaría tener un hogar. Entonces recapacito. En esos momentos te digo que me quiero casar contigo. Y eso te dije ese día, pero después de que te dijera que quizás me había aburrido de ti, de negarte a cambiar esa forma tan virginal y normal de ver la vida: querer pareja única, exigir palabras de cariños, pedir llamados de teléfono, de pelear en las mañanas. Así que tú no me sirves, yo necesito un compañero atrevido, algo así te dije. Aunque apenas lo verbalicé, me retracté, para que notaras que no era nada serio. Tal vez dije que mejor no nos viéramos más porque no quería involucrarme más contigo.
Hablaste, me diste la razón, no te opusiste, tampoco te fuiste llorando como esperaba. Eso estuvo mal, mal, mal. Luego te pedí un beso de despedida y me corrías la cara. Te crees digna, digna, te haces la digna ¿para qué?, eso me molesta, te dije y me acuerdo de eso como si tuviera una grabadora en mi cabeza. ¿Y si nos juntamos para follar algún día?, insistí. Bueno, dijiste sin mirarme a los ojos. Luego caminamos hasta la puerta de la Universidad, sin hablar, tristes, maracos. Me sentí libre ¿sabías?
Era mi primera vez en una toma. No estaba de acuerdo con ésta. Para mí, era un asunto de niños jugando a la casita. Eran las 12 de la noche de un día viernes, acababa de comer un arroz grumoso de una olla común. Acaba de terminar una relación abierta, hace un poquito. Le conté a una amiga y me dijo que era el ser más malo, que seguro mi pobre “amigo con cover” se había suicidado en la esquina. Y me preguntó por qué, por qué, tantas veces que parece que no supe responder, y me dijo “¿quizás no lo querías?”, sí, le respondí para que no preguntara más.
Bebí mi café en un vaso sucio. A mi amiga le dije que estaba mal, que cómo se metía con ése espécimen de hombre. En la vida he encontrado dos tipos de solteras y solteros pasivos: las prejuiciosas y las desprejuiciadas. Las prejuiciosas tienen un modelo de hombre que les gusta, velludos o rubios, gordos o intelectuales, ellas hacen sus márgenes y eso las mueve por la vida.
Yo y mi compañera estamos en el grupo de las desprejuiciadas: tenemos hombres ideales, pero nos sabemos también flexibles, es decir, al fin de cuentas follaríamos con cualquiera. Eso sí, ese “cualquiera” pide como mínimo no meterse con un tipo que tenga muchos fealdades, o sea puede ser gordo pero debe tener linda cara o puede tener fea cara pero que tenga un estómago sin grasa.
Yo estaba libre. Callado, con ganas de lamer vergas.

sábado, julio 5

Manifiesto Lesbiano



Me gustan las mujeres y soy gay:

MANIFIESTO LESBIANO



Escribo este neo-ensayo no porque he tenido mal sexo con hombres, no porque no haya sentido placer al sentir el semen de otro en mi cuerpo. Este manifiesto es y no es producto de una noche de sexo en que la ebriedad impidió que se me erectara el pene y a pesar de eso tuve sexo -y sentí placer-, es y no es producto de mi gusto de jugar a la casita y hablar de amor con mis amigas.
Ser lesbiano es muy distinto a ser lesbiana. Mi lesbianismo es simultáneo a la construcción de mi identidad gay. En un momento lo consideré un apéndice, pero el gesto de este escrito es legitimarlo en su relevancia sin querer la crítica de un sistema normativo de los cuerpos y deseos. Puede que este neo-ensayo sea parte de una ficción, pero por lo menos no es un sueño. Advierto que la siguiente es una lectura gay de lo femenino, de un gay que no pretende derrocar la ficción del patriarcado y sus producciones misoginias en torno a la mujer, porque valora el rol estratégico de este espacio legitimador de cuerpos. Esto no aísla la posibilidad de crítica en este plano.
Judith Butler realizó una crítica a la rigidez de las normas que constituyen las identidades heterosexuales. Para esta teórica los géneros son instituciones débiles, sus leyes se prestan a la parodia. Para la parodia del género da como ejemplo las identidades masculinas del ser mujer (butch o camiona) o la feminización del género masculino (drag-queen). Actualmente la legitimación de las identidades heterosexuales y GLBTTI (gay, lésbica, bisexual, transexual, transgénero e intersexual) parecieran tener pertinencia sólo en el plano político cuando se reivindican ciertos derechos o historias de estas individualidades colectivas. Yo, como maricón veinteañero y activista de la disidencia sexual, soy testigo de cómo en la cotidianidad, el género tiende a ser cuestionado, más aún si tu entorno se encuentra con un desviado sexual asumido y a quien, de alguna forma, se le debe incluir al sistema. Se crean figuras para institucionalizar en apariencia a gays o a lesbianas; figuras en la opinión pública que los relacionan a veces a actos delictuales, de pedofilia o relacionados con el espectáculo.
Soy espectador de un acto lastimoso donde los gays se humillan para ser aceptados por los otros, donde se cree que todos nuestros derechos están siendo respetados, que somos aceptados, justamente porque pareciera que no pasa nada. Pero en realidad somos omitidos, obviados por la política oficial y porque ni a los políticos de izquierda les interesa la muerte de un transexual a manos de homofóbicos cholos neonazis..
Lo anterior lo dije porque no me basta ser gay, porque al decir que soy gay es sólo una afirmación construida para que los otros no-desviados, los que tienen la “verdad”, me acepten. ¿De qué me sirve decir que soy gay? Sino que sólo para: 1) evitar mi muerte por una existencialidad depresiva que no me deja saber quien soy; 2) legitimarme frente a otros grupos y así mismo sentirme parte de un grupo de personas que consume una identidad y tiene una historia común; 3) limitar mi sexualidad a ser pasivo, activo o “moderno” en la cama; 4) restringir débilmente mi identidad sexual o género fallido al prohibir que folle con mujeres, ya que esto sí que sería una aberración (mito de la bisexualidad) a menos que me asuma como hetero y corrija mi desviación. Para este manifiesto sirve destacar el hecho de la restricción. De cómo esta se pone en práctica en la sexualidad del gay con la prohibición de involucrarse con alguien que no es correspondiente al “deseo sexual”. Justamente el psicologista y hasta romántico concepto pop de “deseo sexual”, al referirse a la sexualidad homo u hetero, se erige como un teorización unidimensional del erotismo. Cuando los deseos se plantean como múltiples y a veces hasta contradictorios, estamos en frente a una imposibilidad que pone en crisis el sistema positivista. Los cuerpos que afloran con una multiplicidad de deseos se convierten en cuerpos abyectos que se deben corregir. Por esto, afirmar que uno es “gay” produce una serie de relatos en torno a cómo follar, una pequeña producción imaginaria donde lo importante es que un hombre penetre a otro y eso. Y finalmente es importante cómo a un gay se le considera sólo el amigo de la mujer, como una relación de madre e hijo donde no es posible pensar en la posibilidad de incesto.
¿Pero qué sucede cuando la subjetividad descubre que no basta con ser gay? ¿Qué sucede cuando la integridad de mi deseo erótico no es tan coherente como podría ser? Todo puede partir por negación, porque no soy un gay que disfrute del sexo fálico, que guste del pene y la penetratividad de éste. Prefiero lamer el cuerpo, las axilas y por sobretodo las nalgas, porque soy un fan del sexo anal. Pero para dilatarlo no es necesario un pene siempre ¿no es cierto? No es necesario tener que sentirte como la mujer frígida que debe soportar a su marido encima, no basta con un hombre que se masturba con su mano o tu esfínter repitiendo un acto onanista. El sexo es poner en práctica la sexualidad, pero la sexualidad no se debe limitar al sexo, ni tampoco al mercantilizado término placer. Poner en práctica la sexualidad está en directa relación con nuestra forma de relacionarnos con otros: con nuestros actores favoritos, nuestra personalidad, la historia de vida.
Volviendo a la teoría postfeminista, esta corriente realizó una crítica a los grupos de mujeres autónomos, por ejemplo, porque su radicalidad políticamente correcta en términos del concepto de revolución defendía un concepto muy puro, íntegro e ideal de ser mujer, obviando la permeabilidad de las sexualidades. Si considero además la afirmación de Monique Wittig acerca de que “las lesbianas no son mujeres”, ya que su sexualidad no está en función de un sistema heterosexual reproductivo, entonces parodiar la normatividad en la mujer, las restricciones impuestas por discursos políticos entorno al cuerpo femenino, sirve para liberar y masificar las necesidades de los cuerpos con vagina. Comprobar la performatividad del concepto de género femenino (esto quiere decir hacer hincapié en la falencias y producciones de una cita en torno al ser femenino realizada en un contexto distinto del predispuesto por la sociedad) ayuda concebir un cuerpo más promiscuo, menos puro, y por ende un cuerpo que está relacionado con otros cuerpos e identidades, es decir, aceptar la imposibilidad del género casto al socializarlo.
En este punto recién es pertinente salir del clóset por segunda vez y afirmar que soy lesbiano. Recalco que me autodenomino lesbiano, no lesbiana. ¿Cuál es la diferencia? Podría decir que la diferencia es que no soy mujer, cuestión que sería en cierto sentido una falacia porque dentro de la amplitud del género femenino yo, como gay-femenino y ser anti-patriarcal, me apropio de muchas actitudes que me asemejan a este magno género, es decir que me hacen mujer sin alcanzar lo travesti o lo drag-queen. Entonces yo soy lesbiano porque me gustan las mujeres, mujeres que no necesariamente deben tener vagina, ser feministas o de izquierda. Como la teoría de género lo hace, considero a la mujer como, entre otras propiedades, como una adscripción a ciertas conductas, relatos o formas de ser de una persona relacionados en un primer momento por personas de un sexo determinado pero que luego la teoría queer ayudó a poner en crisis al instalar la intersexualidad y la transexualidad como figuras que parodian el género. Para resumir, el ser lesbiano se erige en la siguiente y alucinante contradicción: me gustan las mujeres y soy gay. Me admito como un obsesionado con la cultura de la mujer, sus relatos, aficiones e historias de dolor, además de su relación profunda -en el mayor de los casos- con el mundo de lo privado. Y el punto es que puedo considerarme y actuar como mujer sin disfrazarme de ésta. Por otra parte, el hecho de que ser lesbiano no sea considerada una identidad como tal, sino como mera ficción, cierta irrealidad propia de una loca hilarante, le otorga ese carácter revolucionario por la dificultad que tendrán los discursos legales de apropiarse de ésta.
En la práctica y desde mi subjetividad, elaboré una pauta para ser lesbiano. Para identificar que tan lesbiano es usted, corrobore que tan ciertas son las siguientes afirmaciones en su cotidianeidad:
• Soy un gay al que le gustan las mujeres. Esta afirmación determina el carácter bi-identitario de este concepto, ya que se debe ser lesbiano y gay simultáneamente. • Alucino con el cosmos de lo femenino elaborado por las industrias culturales. Consumo productos de mujer y participo en actividades típicas de lo femenino. Por ejemplo: prefiero bailar antes de jugar fútbol, prefiero una película de amor a una de acción, soy fan de Carla Bruni y Lady Di, me saco bellos del rostro con pinza, prefiero el vino antes de la cerveza.• He tenido sexo sin penetración de pene. • No soy un gay que se dedique a mirar paquetes.• El pene no es mi parte preferida del cuerpo masculino.• No soy misógino y estoy abierto a tener relaciones sexuales con mujeres lesbianas o heterosexuales o bisexuales.• Detesto los ghettos gays como las discos gays, los barrios gays, las tiendas gays y las series de televisión para gays.• Prefiero que me penetren a lamer un pene.• Me llevo mejor con las mujeres heterosexuales que con los hombres heterosexuales.• Tengo más amigas mujeres que hombres.• Me gusta cocinar.

jueves, junio 5

Amigo con cover


AMIGO CON COVER

Mi amigo con ventaja me dice que nunca pensó que la primera vez que nos vimos me besaría y terminaríamos besándonos después del vodka en una pieza sin muebles, después de sentir celos porque hablaba con una chica sobre ballet. Y yo le dije que no sabía nada de ballet, pero sí de ópera. Y que podríamos ir alguna vez a la ópera. Dije eso sabiendo que era como soñar, como pensar en pareja, esa que veo en mi casa que apenas se habla y que me tiene a mí como un hijo que en vez de nietos les dará gatos y que se sienta con las piernas cruzadas.
Mi amigo me besa con más ánimo en la oscuridad y me mete su lengua en la boca si tiene trago encima. Estoy seguro de eso, pero no de otras cosas. La primera vez que lo vi lo encontré bello, arreglado, perfumado y me gustó. Hablamos de por qué llegó unos cinco minutos tarde y le hice tomar precauciones sobre el lugar heterosexual adonde nos dirigíamos— un carrete universitario de izquierda. No me aguanté y al rato le pregunté si yo le gustaba, si era lo que él esperaba. Y él me dijo que sí, sin líbido. Luego nos quedamos callados mientras llegamos a casa. Quizás lo hice reír para relajar la tensión de conocernos.
Esa primera vez mi amigo no me dejó meterle mis dedos entre sus nalgas vírgenes, pero sí compartimos un chicle Grosso ensalivado. Luego en una disco gay, después de que un guardia nos echó de una salida de escape porque nos lamíamos nuestras pijas, nos encerramos en un baño mientras todos los maricones bailaban a la Britney Spears, a quien yo siempre defendía porque era tan decadente y mártir como lo fue Oscar Wilde en la época moderna. Mientras yo apretaba con mi mano una puerta que apenas tenía seguro, él me lamía mi católica tula menos mestiza que la suya. Y la gente quería abrir pero no podía o prefería no molestar. Esa vez no pude follarte porque estaba tan borracha que no pude follarte más que con los falos de mi mano.
A mi amigo con ventaja no le pude decir que “cada día lo amaba más”, ni que era mi amor y que de amor llenaba mi alma o que es “mi media naranja”. Prefiero decirle que mejor bese al chico que conoció por chat, que pruebe con otro, que siempre es distinto. Le digo también que sería feliz haciendo un trío, que así me veo en mi futuro, además de tener muchos libros y que ojalá alguien me mantenga para yo escribir más que textos pasados a nalgas peludas. Y le pregunto “¿Qué pasa?” y yo ya sé que me dirá que nada.
Mi amigo con cover vive apretadito en un departamento y no puede tener una mascota porque su casa es chica. Me encanta decirle que es mi mujer, mientras él me decir que me comporto como una niña porque lo subo en mi bici en la Alameda, porque no quiero una relación estable, porque escucho Gilda y Chopin, porque compro regalos a la gente y luego me los dejo para mí, porque no me gusta lo que estudio, por tener una planta que se llama Meredith, por emborracharme con sólo un vaso de vodka.
Le digo “te quiero puro dar” cuando me empiezo a quedar sin palabras por la borrachera, porque yo tomo para emborracharme y eso lo enoja y no alcanzo a decirle que es un moralista antes que él me diga “sí, entonces soy un moralista”, porque él ya sabe lo que diré. Me hace sentir obvio. Y de a poco me pide el contacto de los amigos que le presento y nos prestamos cosas… como amigos. Y ése te quiero puro dar se convierte en un rito que me permite seguir besando su morena piel, que es la primera, le digo. Porque el amor es como una lista de cosas que se tachan, que quedan por hacer. Y yo le digo a mi amigo que aún no he sido infiel ni tampoco empíricamente heterosexual.
Una vez hablamos de sus problemas en una escalera, en vez de besarnos en los baños de la universidad. Hablamos de sus tabúes, de que a veces pensaba que no quería ser un problema para la familia, que no quería hacer sufrir a su madre. Yo le dije que él no sería quien haría llorar a su madre, sino toda la gente que mira con asco cuando dos hombres se besan en la calle, que a ellos debería criticar. Creo que te dije que me gustaban los tríos y creo que descubriste de a poco que éramos muy distintos.
Luego te desapareciste. No conectabas. Me hiciste poner tan nervioso que me puse a ver a una película lésbica para reemplazar mi deseo de amor. Hasta que te apareciste en la noche, y me dijiste que msn no era un sitio para hablar de lo que sentíamos. Tuve que insistir como macho cabrío para que me dijeras que te pusiste a llorar cuando llegaste a tu casa, porque todo es demasiado nuevo para ti, porque digo las cosas sin suavidad, porque tú eres de la Universidad Católica y tú tienes algo de moral y yo no, a mí me gusta Pink Flamingos. Entonces descubrí que puedo sentir pena a pesar de ser un ser posmoderno e insensible, descubrí cuanto sirve el papel de víctima cuando no se sabe nada de amor.

sábado, marzo 22

No es real, es romántico

No es real, es romántico

Escribimos de amor porque no lo entendemos, porque nos pone nervioso, nos obliga a conocer a tus amigos— y eso cansa, es como una prueba de eliminación de reality. Tú te emborrachas y te pones romántico. Yo tengo ganas de sodomizarte más en la mañana que a la hora en que supuestamente debemos dormir, aunque nos demoremos varios minutos en nuestro sobajeo a oscuras. Como no somos vampiros, inventamos los “besos silenciosos” para hacernos creer que nadie escuchará en la pieza de al lado. Y a mí me gusta hacerte cariño bajo las mesas, besarte en pasajes oscuros de santiago, tocarte hasta que me digas que es suficiente. Y en cambio a ti te basta con contarme la historia de amor con tu mejor amiga, hacerte el hetero cuando creíste ver a tu vecino en el bar o tomarme la mano en alguna calle durante la mañana cuando la gente aún tiene sueño y cree que no es tan cierto eso de ver a dos hombres abrazados en una despedida. Y te basta con responderme que no pasa nada cuando yo te digo que no puedo tener una relación, que me da miedo. Como si estuviera enfermo, como si fuera inválido de afecto. Te cuento la historia de que los celos hacen daño, que me gustaría verte besándote con otro, que no quiero ser parte de otro culebrón de pareja donde tú me engañas con mi mejor amigo y donde yo debo hacer un escándalo. Pero yo no sirvo para esos papeles, cuando suceda esa escena en la que yo te pilló en el baño con labios pintados de semen, yo me quedaré con los brazos cruzados, te seguiré amando en silencio, lloraré en mi baño a solas y estaré seguro que el amor no es hecho para mí. Insistiré en que el amor es un método de USA para mantener a la gente ajena de sus problemas, aunque a ti te guste besarme en la calle pero no en los bares. Y sí, lo único que quedan son escenas pre-fabricadas: la del día de lluvia en que te puse mi chaqueta para que no te mojarás mientras escuchábamos Morrisey, tú me recuerdas cuando te imito y la vez en que me quedé dormido en la escalera y escuchamos a una mujer decir que no había nada más aburrido que follar con el hijo.

A veces vale la pena esperar 1 hora al chico que te gusta porque es culto y no piensa sólo en sexo, a pesar de que no sepas por qué se junta contigo, por qué te besa y te mete la mano en la entrepierna y amasa tus nalgas y te diga que el sexo es sucio, que el besarse es traspasarse un escupo con cariño, que el semen y otras secreciones son tabúes, nada más. Y es que no es delicado para hablar de amor, porque para él el amor es sucio, solitario, dudoso, renacentista. Para él el sentimiento está en la frase que dices con alcohol y que él anota en su agenda con forma de corazón, desesperado para no perder la emoción de esa frase que dice que aunque todo lo que pasó entre nosotros no es real, es romántico. Ahora eres su musa. Luego como su mamá incestuosa y sobreprotectora que se enoja porque la postea en tu cuenta de Facebook y no en su fotolog. Y eso te enoja, te hace decirme que no pasa nada.

jueves, febrero 28

wild on en la U. de Chile




Wild On en la U. de Chile

Ir a carretear a la U es sinónimo de sentirme despechado por algún rosa. Es amistad, es yo contando otra vez cómo me hice gay a la amiga de mi amiga. Es darme un besito tímido con una amiga. Esperar que entre tanto hetero, encuentre a un cola o , por último un transmasculino, que se siente tan ajeno del mundo como yo me puedo sentir en esos momentos, como les pasa a los adolescentes con sus padres que no los entienden, como le ocurre a la gente a la gente que se dedica a ver mucha tele.

Conocí Antumapu porque tengo una amiga que se aprendió en ese campus, durante 3 años, los nombres de las plantas y cualquier arbusto con en el que uno se topa en un carrete y ella comienza a nombrarlo, como si lo descifrara de su anonimato, mostrando el talento que la hizo darse cuenta que lo suyo era el periodismo, quizás. Aunque aún no lo tiene claro. No sé que teníamos en la cabeza con mi grupo de amigos para ir a carretear tan lejos. Cuando tomábamos el metro de color celeste, en el pasador, a un amigo se le rompió la botella de ron blanco Mitjans, el suelo estaba lleno de ese trago; pensé en lamer el suelo. A falta de ron blanco y dinero, optamos por comprar pisco y combinarlo con una imitación de la Sprite que valía en sus 2 litros la módica suma de $300 pesos. Me terminé bebiendo esa exquisitez solo, pues era encantadoramente imbebible. En ese minuto dejé de ser Miguel y me pasé a llamar Michelle, porque en la borrachera nivel 1 decidimos cambiarnos los nombres. Tuve que cruzar todas las granjas de ese campus para llegar a otra área igual de rural donde se ubicaban las canchas de fútbol y bastante arbusto sin cortar que me hacía decir en público “qué dirty sería estar un rato en esos arbustos con uno de esos chicos”. Me refería a los especimenes “lana” de Antumapu que comenzaban a bailar una capoeira regeatonera, dando vueltas en sí mismos como arácnidos y mostrando esos abdómenes que yo no logro porque paso sentado en mi escritorio escribiendo cosas de semiótica y estructuralismo.
Luego hubo besos, confesiones y lo típico de las previas, hasta que se acabó el alcohol. Ya estaba oscuro y me imaginaba que los arbustos no se movían por la brisa Pintaniana sino porque había gente sobajeandose— como mínimo— encima de éstos. Nos fuimos al casino de Antumapu y nos dedicamos a bailar regeaton, reageaton y más reageaton.
Después de haber conseguido alcohol gratuito, gracias al patrociono de las amigas de las amigas de mi compañera y luego de beber restos de pis-cola que encontraba en las mesas, cuando había tenido que escuchar cómo los antumapinos gritaban extasiados por una promotora que se subía la polera, cuando en la borrachera me subí todo alternativo al escenario y me puse a saludar a las ganadoras de cada generación, cuando ya tenía pisco, cerveza, ron y vino en mi estómago; llegó el momento en el cual una rubia ciliconera disfrazada de policía gringa se subió al escenario. Me imaginé el espectáculo que acontecería, mientras escuchaba los gritos de los hombres. Indignada en mi curadera— sabía que podía ser más ramera que la del escenario— olvidando a mis amigos, lanzando diatribas contra el machismo y el sistema patriarcal; me retiré del casino y llegué al baño. Esperé en la puerta de un cubículo y obviamente no hubo ningún caballero que me invitara a pasar.
Otra vez al interior del casino escuché el aullido de las mujeres. Esta vez mi enojo por la rubia exposición se olvidó y me dediqué a atropellar personas para acercarme al escenario donde un negro made in nigeria comenzaba a desvestirse. Ahí descubrí el beneficio de ser más alto que las mujeres, pude llegar fácilmente a tocar la piernas afro y bueno, entre tanta mano que se aproximaba al paquete del negro, cuando ya todas descubrimos que el mito del tamaño era cierto y bien grueso, cuando todo parecía ser una alabanza al falo, mi mano sin uñas pintadas fue confundida— quizás— y el negro me hizo tocar su miembro. Creo que gemí y al momento escuché a un tipo decir detrás de mí “arggg, ¿eres maricón?”.Yo le dije: “sí, soy maricón, pero a veces soy lesbiano”. Cita que se hizo más o menos cierta, cuando una chica con sobrepeso salió de los oscuros edificios de forestal, donde yo estaba llamando a mis amigos para decirles que se la había tocado a un negro y me dijo que yo era lindo y yo le dije que yo no era un hombre de verdad y ella me dijo que no me importaba. Entonces nos dimos un beso. Y así me hice lesbiano.

lunes, enero 7

El beso del pianista



EL BESO DEL PIANISTA
No sé si se los había contado, pero yo cantaba en la clase de música. Tú me colocabas una pauta musical y yo hacía un do-re-si en voz grave, siempre envidiando la voz de las niñas de los colegios de monjas que cantaban en sus tonos de sopranos.
Esta es otra historia de colegio tal vez, pero también es otra historia sobre maricones, sobre guettos y amores adolescentes.
En la orquesta del colegio, en ese ambiente artístico, opuesto a esos hombres sudados que jugaban en las cancha, yo en este ambiente conocí a Felipe.
Me lo presentó mi primer amor.
En su aspecto no tenía ninguna gracia. Lo interesante era que tocaba el piano, que había estado hospitalizado en un clínica psiquiatrica y que inventó que se enamoraba de una chica soprano, sólo para negar que en realidad quería follar el culo peludo de mi primer amor, ése que no me daba besos porque pensaba que besarme era demasiado. Y aquí me tienes, gracias a este adolescente suceso tengo un argumento más para justificar por qué estoy soltero aún: porque me hicieron sufrir, me hicieron dudar del amor. Sí, prefiero decir que soy una víctima del amor, aunque en realidad soy una adicta de lo rosa.
Lo otro interesante era que el pianista era feo, es decir tenía un estómago abultado, una columna chueca, dientes que combatían por tener protagonismo en su mandíbula y tenía una nariz caída. Además de tener la piel grasa mientras usaba esa vestimenta de escolar.
Por algún motivo me enredé con él, sólo como un Sancho, como un acompañante o chaperón. Yo era a quién contaba cuanto deseaba a mi primer amor, ése que yo sabía me seguía gustando. Yo era a quién usaba para no sentirse sólo mientras conquistaba a mi primer amor, a la chica soprano y porque se podía reír del mariconcito de 16 años que escuchaba Spice Girls.
Lo interesante es que yo también me enamoré de este despreciable tipo grasiento. Creo que porque aún no pasaba lo que me pasa ahora cuando me gusta alguien. Eso de imaginarse cómo sería el sexo con esta persona, qué le lamerías, qué actitud tendrías en la cama; si acaso lo atas, si hay tanta confianza como para lamer dentro de sus orejas.
De todas formas soy un tipo flexible.
A veces hace bien ser tu propio terapeuta, por eso creo que yo me enamoré de su deseo, de las ganas que le tenía a mi primer amor y que yo no me atrevía a manifestar. Sufrí mucho cuando los vi besarse en ese café gay, donde los meseros están en ropa interior, mostrando sus peludas piernas, sus penes envueltos en la tela negra y mostrando algunos dejos de estrías, mientras te sirven un jugo de frutilla.
Farinelli se llama el local. Aún existe. No voy desde esa vez. Farinelli era un castrati, esos niños a quienes les cortaban los testículos para que cantarán como minas en la época en que las mujeres no podían aparecer en los espectáculos.
Yo también cantaba. Y lo dejé. Ahora prefiero cantar el karaoke de alguna canción de Britney Spears con algunos tragos en mi cuerpo. También canto en la radio. También canto cuando gimo en notas y exclamaciones de dolor cuando me están penetrando. O cuando uno lo mete sin lubricante. Me gusta cantar en las canciones del Feliz Cumpleaños en inglés, a lo monroe. También a veces demuestro que sé alemán cantando algunas partes de la novena sinfonía de Beethoveen.
Felipe se llamaba el pianista, que me gustaba porque era más atrevido que yo. Porque le decía maricón a mi primer amor aunque este se enojara. Porque lo invitó a tomar café y lo terminó besando, cosa que yo nunca hice. Y qué me importa un beso. Porque le toco sus manos, románticamente, patéticamente. Lo tocó con esas mismas manos que masajeaban las teclas del piano y que luego todos los profesores y autoridades educacionales aplaudían. Porque pocos te tocan el piano a los 17 siendo de colegio púbico.
El punto es que este tipo era despreciablemente desubicado en el amor.
Recuerdo que una amiga que estudiaba artes me regaló a mí y a él una polera con un dibujo de un pene animado. Felipe no le habló nunca más.
Felipe vivía lejos, en provincia.
A su mamá no le gustaba que le gustaran los niños.
Era facho.
Yo nunca le dije que me gustaba. Quizás se lo dije después que lo sentí. Siempre lo hago así.
Nunca más lo vi, hablé, posteé y amé.