Me gustan las mujeres y soy gay:
MANIFIESTO LESBIANO
Escribo este neo-ensayo no porque he tenido mal sexo con hombres, no porque no haya sentido placer al sentir el semen de otro en mi cuerpo. Este manifiesto es y no es producto de una noche de sexo en que la ebriedad impidió que se me erectara el pene y a pesar de eso tuve sexo -y sentí placer-, es y no es producto de mi gusto de jugar a la casita y hablar de amor con mis amigas.
Ser lesbiano es muy distinto a ser lesbiana. Mi lesbianismo es simultáneo a la construcción de mi identidad gay. En un momento lo consideré un apéndice, pero el gesto de este escrito es legitimarlo en su relevancia sin querer la crítica de un sistema normativo de los cuerpos y deseos. Puede que este neo-ensayo sea parte de una ficción, pero por lo menos no es un sueño. Advierto que la siguiente es una lectura gay de lo femenino, de un gay que no pretende derrocar la ficción del patriarcado y sus producciones misoginias en torno a la mujer, porque valora el rol estratégico de este espacio legitimador de cuerpos. Esto no aísla la posibilidad de crítica en este plano.
Judith Butler realizó una crítica a la rigidez de las normas que constituyen las identidades heterosexuales. Para esta teórica los géneros son instituciones débiles, sus leyes se prestan a la parodia. Para la parodia del género da como ejemplo las identidades masculinas del ser mujer (butch o camiona) o la feminización del género masculino (drag-queen). Actualmente la legitimación de las identidades heterosexuales y GLBTTI (gay, lésbica, bisexual, transexual, transgénero e intersexual) parecieran tener pertinencia sólo en el plano político cuando se reivindican ciertos derechos o historias de estas individualidades colectivas. Yo, como maricón veinteañero y activista de la disidencia sexual, soy testigo de cómo en la cotidianidad, el género tiende a ser cuestionado, más aún si tu entorno se encuentra con un desviado sexual asumido y a quien, de alguna forma, se le debe incluir al sistema. Se crean figuras para institucionalizar en apariencia a gays o a lesbianas; figuras en la opinión pública que los relacionan a veces a actos delictuales, de pedofilia o relacionados con el espectáculo.
Soy espectador de un acto lastimoso donde los gays se humillan para ser aceptados por los otros, donde se cree que todos nuestros derechos están siendo respetados, que somos aceptados, justamente porque pareciera que no pasa nada. Pero en realidad somos omitidos, obviados por la política oficial y porque ni a los políticos de izquierda les interesa la muerte de un transexual a manos de homofóbicos cholos neonazis..
Lo anterior lo dije porque no me basta ser gay, porque al decir que soy gay es sólo una afirmación construida para que los otros no-desviados, los que tienen la “verdad”, me acepten. ¿De qué me sirve decir que soy gay? Sino que sólo para: 1) evitar mi muerte por una existencialidad depresiva que no me deja saber quien soy; 2) legitimarme frente a otros grupos y así mismo sentirme parte de un grupo de personas que consume una identidad y tiene una historia común; 3) limitar mi sexualidad a ser pasivo, activo o “moderno” en la cama; 4) restringir débilmente mi identidad sexual o género fallido al prohibir que folle con mujeres, ya que esto sí que sería una aberración (mito de la bisexualidad) a menos que me asuma como hetero y corrija mi desviación. Para este manifiesto sirve destacar el hecho de la restricción. De cómo esta se pone en práctica en la sexualidad del gay con la prohibición de involucrarse con alguien que no es correspondiente al “deseo sexual”. Justamente el psicologista y hasta romántico concepto pop de “deseo sexual”, al referirse a la sexualidad homo u hetero, se erige como un teorización unidimensional del erotismo. Cuando los deseos se plantean como múltiples y a veces hasta contradictorios, estamos en frente a una imposibilidad que pone en crisis el sistema positivista. Los cuerpos que afloran con una multiplicidad de deseos se convierten en cuerpos abyectos que se deben corregir. Por esto, afirmar que uno es “gay” produce una serie de relatos en torno a cómo follar, una pequeña producción imaginaria donde lo importante es que un hombre penetre a otro y eso. Y finalmente es importante cómo a un gay se le considera sólo el amigo de la mujer, como una relación de madre e hijo donde no es posible pensar en la posibilidad de incesto.
¿Pero qué sucede cuando la subjetividad descubre que no basta con ser gay? ¿Qué sucede cuando la integridad de mi deseo erótico no es tan coherente como podría ser? Todo puede partir por negación, porque no soy un gay que disfrute del sexo fálico, que guste del pene y la penetratividad de éste. Prefiero lamer el cuerpo, las axilas y por sobretodo las nalgas, porque soy un fan del sexo anal. Pero para dilatarlo no es necesario un pene siempre ¿no es cierto? No es necesario tener que sentirte como la mujer frígida que debe soportar a su marido encima, no basta con un hombre que se masturba con su mano o tu esfínter repitiendo un acto onanista. El sexo es poner en práctica la sexualidad, pero la sexualidad no se debe limitar al sexo, ni tampoco al mercantilizado término placer. Poner en práctica la sexualidad está en directa relación con nuestra forma de relacionarnos con otros: con nuestros actores favoritos, nuestra personalidad, la historia de vida.
Volviendo a la teoría postfeminista, esta corriente realizó una crítica a los grupos de mujeres autónomos, por ejemplo, porque su radicalidad políticamente correcta en términos del concepto de revolución defendía un concepto muy puro, íntegro e ideal de ser mujer, obviando la permeabilidad de las sexualidades. Si considero además la afirmación de Monique Wittig acerca de que “las lesbianas no son mujeres”, ya que su sexualidad no está en función de un sistema heterosexual reproductivo, entonces parodiar la normatividad en la mujer, las restricciones impuestas por discursos políticos entorno al cuerpo femenino, sirve para liberar y masificar las necesidades de los cuerpos con vagina. Comprobar la performatividad del concepto de género femenino (esto quiere decir hacer hincapié en la falencias y producciones de una cita en torno al ser femenino realizada en un contexto distinto del predispuesto por la sociedad) ayuda concebir un cuerpo más promiscuo, menos puro, y por ende un cuerpo que está relacionado con otros cuerpos e identidades, es decir, aceptar la imposibilidad del género casto al socializarlo.
En este punto recién es pertinente salir del clóset por segunda vez y afirmar que soy lesbiano. Recalco que me autodenomino lesbiano, no lesbiana. ¿Cuál es la diferencia? Podría decir que la diferencia es que no soy mujer, cuestión que sería en cierto sentido una falacia porque dentro de la amplitud del género femenino yo, como gay-femenino y ser anti-patriarcal, me apropio de muchas actitudes que me asemejan a este magno género, es decir que me hacen mujer sin alcanzar lo travesti o lo drag-queen. Entonces yo soy lesbiano porque me gustan las mujeres, mujeres que no necesariamente deben tener vagina, ser feministas o de izquierda. Como la teoría de género lo hace, considero a la mujer como, entre otras propiedades, como una adscripción a ciertas conductas, relatos o formas de ser de una persona relacionados en un primer momento por personas de un sexo determinado pero que luego la teoría queer ayudó a poner en crisis al instalar la intersexualidad y la transexualidad como figuras que parodian el género. Para resumir, el ser lesbiano se erige en la siguiente y alucinante contradicción: me gustan las mujeres y soy gay. Me admito como un obsesionado con la cultura de la mujer, sus relatos, aficiones e historias de dolor, además de su relación profunda -en el mayor de los casos- con el mundo de lo privado. Y el punto es que puedo considerarme y actuar como mujer sin disfrazarme de ésta. Por otra parte, el hecho de que ser lesbiano no sea considerada una identidad como tal, sino como mera ficción, cierta irrealidad propia de una loca hilarante, le otorga ese carácter revolucionario por la dificultad que tendrán los discursos legales de apropiarse de ésta.
En la práctica y desde mi subjetividad, elaboré una pauta para ser lesbiano. Para identificar que tan lesbiano es usted, corrobore que tan ciertas son las siguientes afirmaciones en su cotidianeidad:
• Soy un gay al que le gustan las mujeres. Esta afirmación determina el carácter bi-identitario de este concepto, ya que se debe ser lesbiano y gay simultáneamente. • Alucino con el cosmos de lo femenino elaborado por las industrias culturales. Consumo productos de mujer y participo en actividades típicas de lo femenino. Por ejemplo: prefiero bailar antes de jugar fútbol, prefiero una película de amor a una de acción, soy fan de Carla Bruni y Lady Di, me saco bellos del rostro con pinza, prefiero el vino antes de la cerveza.• He tenido sexo sin penetración de pene. • No soy un gay que se dedique a mirar paquetes.• El pene no es mi parte preferida del cuerpo masculino.• No soy misógino y estoy abierto a tener relaciones sexuales con mujeres lesbianas o heterosexuales o bisexuales.• Detesto los ghettos gays como las discos gays, los barrios gays, las tiendas gays y las series de televisión para gays.• Prefiero que me penetren a lamer un pene.• Me llevo mejor con las mujeres heterosexuales que con los hombres heterosexuales.• Tengo más amigas mujeres que hombres.• Me gusta cocinar.
