jueves, febrero 28

wild on en la U. de Chile




Wild On en la U. de Chile

Ir a carretear a la U es sinónimo de sentirme despechado por algún rosa. Es amistad, es yo contando otra vez cómo me hice gay a la amiga de mi amiga. Es darme un besito tímido con una amiga. Esperar que entre tanto hetero, encuentre a un cola o , por último un transmasculino, que se siente tan ajeno del mundo como yo me puedo sentir en esos momentos, como les pasa a los adolescentes con sus padres que no los entienden, como le ocurre a la gente a la gente que se dedica a ver mucha tele.

Conocí Antumapu porque tengo una amiga que se aprendió en ese campus, durante 3 años, los nombres de las plantas y cualquier arbusto con en el que uno se topa en un carrete y ella comienza a nombrarlo, como si lo descifrara de su anonimato, mostrando el talento que la hizo darse cuenta que lo suyo era el periodismo, quizás. Aunque aún no lo tiene claro. No sé que teníamos en la cabeza con mi grupo de amigos para ir a carretear tan lejos. Cuando tomábamos el metro de color celeste, en el pasador, a un amigo se le rompió la botella de ron blanco Mitjans, el suelo estaba lleno de ese trago; pensé en lamer el suelo. A falta de ron blanco y dinero, optamos por comprar pisco y combinarlo con una imitación de la Sprite que valía en sus 2 litros la módica suma de $300 pesos. Me terminé bebiendo esa exquisitez solo, pues era encantadoramente imbebible. En ese minuto dejé de ser Miguel y me pasé a llamar Michelle, porque en la borrachera nivel 1 decidimos cambiarnos los nombres. Tuve que cruzar todas las granjas de ese campus para llegar a otra área igual de rural donde se ubicaban las canchas de fútbol y bastante arbusto sin cortar que me hacía decir en público “qué dirty sería estar un rato en esos arbustos con uno de esos chicos”. Me refería a los especimenes “lana” de Antumapu que comenzaban a bailar una capoeira regeatonera, dando vueltas en sí mismos como arácnidos y mostrando esos abdómenes que yo no logro porque paso sentado en mi escritorio escribiendo cosas de semiótica y estructuralismo.
Luego hubo besos, confesiones y lo típico de las previas, hasta que se acabó el alcohol. Ya estaba oscuro y me imaginaba que los arbustos no se movían por la brisa Pintaniana sino porque había gente sobajeandose— como mínimo— encima de éstos. Nos fuimos al casino de Antumapu y nos dedicamos a bailar regeaton, reageaton y más reageaton.
Después de haber conseguido alcohol gratuito, gracias al patrociono de las amigas de las amigas de mi compañera y luego de beber restos de pis-cola que encontraba en las mesas, cuando había tenido que escuchar cómo los antumapinos gritaban extasiados por una promotora que se subía la polera, cuando en la borrachera me subí todo alternativo al escenario y me puse a saludar a las ganadoras de cada generación, cuando ya tenía pisco, cerveza, ron y vino en mi estómago; llegó el momento en el cual una rubia ciliconera disfrazada de policía gringa se subió al escenario. Me imaginé el espectáculo que acontecería, mientras escuchaba los gritos de los hombres. Indignada en mi curadera— sabía que podía ser más ramera que la del escenario— olvidando a mis amigos, lanzando diatribas contra el machismo y el sistema patriarcal; me retiré del casino y llegué al baño. Esperé en la puerta de un cubículo y obviamente no hubo ningún caballero que me invitara a pasar.
Otra vez al interior del casino escuché el aullido de las mujeres. Esta vez mi enojo por la rubia exposición se olvidó y me dediqué a atropellar personas para acercarme al escenario donde un negro made in nigeria comenzaba a desvestirse. Ahí descubrí el beneficio de ser más alto que las mujeres, pude llegar fácilmente a tocar la piernas afro y bueno, entre tanta mano que se aproximaba al paquete del negro, cuando ya todas descubrimos que el mito del tamaño era cierto y bien grueso, cuando todo parecía ser una alabanza al falo, mi mano sin uñas pintadas fue confundida— quizás— y el negro me hizo tocar su miembro. Creo que gemí y al momento escuché a un tipo decir detrás de mí “arggg, ¿eres maricón?”.Yo le dije: “sí, soy maricón, pero a veces soy lesbiano”. Cita que se hizo más o menos cierta, cuando una chica con sobrepeso salió de los oscuros edificios de forestal, donde yo estaba llamando a mis amigos para decirles que se la había tocado a un negro y me dijo que yo era lindo y yo le dije que yo no era un hombre de verdad y ella me dijo que no me importaba. Entonces nos dimos un beso. Y así me hice lesbiano.