jueves, marzo 29

Lo que pasa cuando entrevisto


Lo que pasa cuando entrevisto

Lo trato de evitar, pero no puedo. Resulta que cuando entrevisto a una persona me es imposible no enamorarme de ella, aunque sea por los minutos que hago las preguntas que siempre me parecen tontas. A la austriaca que estoy entrevistando ahora le explico mi situación. Ella se ríe. Yo soy el primer gay que conoce, en realidad, me dice “amigo” pero prefiero omitir aquello porque quizás lo dijo sólo por gentileza o porque en verdad me parece grave hacerme amigos en menos de dos tardes. De Austria sólo conozco a Maria Antonieta, la película Antes del Amanecer y noticia que dio vuelta el mundo sobre la niña, Natasha, que fue secuestra y que vivió encerrada doce años en el sótano de una casa en Austria. Mi entrevistada es linda persona. Yo le digo que tiene carita de pena, pero parece que es porque no está en sus días.
Volviendo al tema del amor, la austriaca me dice que si yo me voy a Viena no me va a costar encontrar pareja, que de hecho parezco alemán. Me percato que ahora yo parezco el entrevistado y que le he hablado mucho de mi vida. De hecho ya sabe cómo, dónde y con quién perdí mi virginidad.
Ella tiene algo difícil de definir con un chico de Chile. En realidad se trata de esas relaciones tan típicas de este tiempo donde hacemos como si no pasa nada, donde no se coloca nombre a las caricias, donde antes que pololos son amigos. La austriaca está enojada, no entiende a los meseros y está cansada de descubrir cosas nuevas. Su enojo aumenta porque su “amigo” le pidió que se distanciaran, que se tomaran cada uno su espacio. “Muchas cosas que digerir, sabes”, me dice con su acento francés.
Le insisto a la austriaca que entrevistemos a un escolar, pero ella no parece interesada. Le cuento que los escolares me producen ternura en esos trajes que utilizan, no es sólo un fetiche, sino que verlos en la plaza sin hacer nada, pero en realidad diciendo mucho al no ir clases, me recuerdan que yo fui así, que aún a mí me gusta andar acompañado con mi grupo de amigos, que yo también no supe muy bien para dónde ir o qué hacer. Le pido la cámara a la austriaca y me doy cuento que me gustan los retratos.

domingo, marzo 25

En tu boca



3 cosas que puedes decir a un hombre que recién conoces y te gusta:
- ¿y a ti cómo te trata el Transantiago?
- estoy solo/sola hace algún tiempo
- yo voy a vender ropa al Forestal los domingos.

4 cosas que NO puedes decir a un hombre que recién conoces y te gusta:
- nunca he tenido una pareja de más de una noche o tarde
- ¿te gusta la semiótica?
- durante el verano lo que más vi fue SQP
- ¿te gusta tragar?

lunes, marzo 19

El lenguaje del sexo

Sé que cuando hablo se me nota que hace tiempo no tengo sexo. Las palabras zorra, me dilaté, rico, huachón, me metería con él, me lo comería, qué bonito y tetas no se censuran, no se resguardan sólo en mi mente; y es que a cada rato me puedes escuchar decirlas. Mi abuso del lenguaje sexual pareciera ser un síntoma de mis precarias relaciones; mi asidua relación con las mujeres, una evasión de mi deseo. Y con el tiempo he conseguido no parecer grosero o degenerado cuando relaciono todo con el sexo, desde una siesta en el pasto hasta la mirada de un chico. Pero no es nada nuevo, creo que lo hago desde que descubrí en el colegio que mis compañeros me calentaban cuando me rozaban con su pantalón al pasar por el pasillo.
Siempre les digo a mis amigas que es un honor que te digan perra. Pocos lo son. Pero a pesar de esto sigo pareciendo tierno, un niño que dice palabras graciosas o un gay sensible con mala suerte en el amor. Nadie me cree cuando afirmo que valoro las relaciones abiertas, me dicen “ya, espérate cuando tengas una pareja, ahí verás”. Ahí me doy cuanto que la gente es conservadora para ver el amor.
Entonces le diría dígame maraca o perra si me ve en la calle, en serio que me subirá el ánimo. Pero eso sería como pedir auto-implantarme una imagen de mí, que deseo proyectar y que no puedo y ya entendí por qué, porque soy de esas personas que dicen “me gustas” sin estar borrachas.

TAREA: Ver cine independiente, preguntarle a una amiga si quiere ser mi pareja, comerme un mechón y escribir crónicas.

domingo, marzo 11

Antonia no era una mujer (Entrega Nro 1)


Antonia no era una mujer

La conocí en un colectivo de gays, lesbianas y bisexuales universitarios. Ella estudiaba sociología. Tenía unos brazos gruesos, usaba un jockey y zapatillas de color negro y una cadena se asomaba por su bolsillo y se enganchaba en su pantalón. No era alta y no poseía una figura estilizada, sin embargo su rostro aún guardaba algo de inocencia a sus veintitrés años. Nunca había conocido a una lesbiana a secas. Tenía amigas que borrachas habían besado a mujeres o que estaban enamoradas de mujeres que idealizaban, pero nada más, no se consideraban lesbianas. Antonia, en cambio, era fogosa, si veía a una mujer guapa en la calle despedía un garabato y se detenía a mirarla. Yo en esos momentos me sonrojaba. Me daba vergüenza no atreverme a hacer lo mismo. Luego ella me miraba a los ojos y se reía.
Ella supo que era lesbiana cuando entró a la universidad. Antes, en su natal pueblo del sur, se había acostado con hombres, incluso tuvo una relación de amor con uno. Le gustaba emborracharse, así que no tenía problema en dormir con chicos que conocía en un carrete. Tuvo suerte en no quedar embarazada. Nunca le importó mucho lo que sucedía después de un carrete porque nunca lo disfrutaba. No era espontánea, divertida o ingeniosa para conversar como sí lo eran sus compañeras de curso, esas que pensaban en casarse en la iglesia, que reían por todo, con tan sólo tocarlas. Así que prefería tomar desenfrenadamente cerveza y así reírse más rápido, ser más simpática. Ninguna de las penetraciones realizadas por unas jóvenes tulas la satisfizo. Le ocurrió lo que nos pasa a muchos cuando estamos aprendiendo a besar y tenemos un pene de más de veinte centímetros entre las piernas, sin lubricante, y de un grosor considerable: escondemos nuestra cara sobre una almohada para callar nuestro dolor y a veces nuestras ganas de llorar, mentimos diciendo que estamos bien porque creemos que eso es todo, que de eso trata el placer y que no se puede ser más feliz. Luego Antonia no quiso saber más de penes, por lo menos en varios meses, ni siquiera deseaba verlos en la pantalla y menos en los paquetes apretados de un jeans. Aún en el colegio, comenzó a conocer a chicas por Internet, se llegó juntar con algunas, conversaban, descubrió que lo que sentía no era malo y que además le gustaba. En algunas ocasiones se tocaban o besaban más allá de lo que parecía permitido. No se olvidó de los hombres y de hecho tuvo una relación con un chico, se enamoró, pero no pasó más allá de eso. Cuando llegó a estudiar a Santiago, su padre, un ingeniero que trabajaba construyendo acueductos por el país, le dio dinero para que pagara a medias un departamento. Antonia buscó una compañera con una situación similar a la suya, para pagar a medias un piso. Se contactó con una chica de provincia que estudiaría antropología. Se llamaba Alejandra y se convirtió, sin quererlo, en su primera pareja mujer. Fue una relación única, entretenida y muy caliente como siempre es la primera vez; sin embargo, como era la primera vez para ambas, supieron desde el inicio que no podrían ser fieles, sería una injusticia para una ansiedad que se desarrollaba en sus vientres que no pensaban en parir tan pronto. Al año la relación ya no tenía forma, Antonia había conocido por lo menos dos chicas que se acostaron con su compañera de cuarto.
Al siguiente año decidió irse a vivir sola. Y descubrió que era completamente lesbiana, que le gustaban demasiado las tetas y las vaginas y que temía a la soledad. Sabía que sería una decisión difícil de comprender para su familia y para sus amigos cercanos. Se los diría de a poco, tampoco le interesaba contárselo a todo el mundo, sólo a la gente que le importara, y los demás tendrían que respetarla y quererla como había decidido ser. Su papá y sus dos hermanos la apoyaban, pero su madre no pudo evitar echar unas lágrimas cuando lo supo y luego, por bastante tiempo, guardo silencio frente al tema. Antonia aprovechó ese año para conocer mejor el mundo homosexual, se propuso hacer algo por la comunidad gay y lésbica, hacer algo mejor el mundo, y se integró a un grupo de universitarios de izquierda homo y bisexuales de las universidades públicas. Aprendió términos nuevos como queer, heteronormatividad, conoció el significado de la sigla GLBT, comprendió la diferencia entre un transexual y un travesti, besó hasta cinco mujeres a la vez. Leyó a Foucault, a Susan Sontag y a Simon de Beauvoir. Con el tiempo aprendió que no era bueno involucrarse sentimental o sexualmente con compañeras de trabajo y participó en marchas, protestas y funas contra la homofobia, pintó lienzos, aprendió consignas y gritos. También conoció a gays extravagantes, de voz femenina y con el cabello de colores y a otros simples que no escuchaban Madonna porque según ellos caía en el estereotipo del gay y porque era parte del imperialismo yanqui.

sábado, marzo 10

Ya chicas a escribir!


Ídolo. José Miguel Villouta es uno de los escazos gays salidos del clóset en la televisión chilena. Disfruta rompiendo esquemas. Yo lo escuchaba en la radio y era demasido divertido e innovador. No perdona a nadie con su ironía, a pesar que en ocaciones parece no estar en su sano jucio. Ahora se le ocurrió hacer un concurso de ensayos en relación a la visibilidad gay en los espacios públicos. El premio? Una cita con el chico irreverente de la TV.
A escribar chiquillas!

sábado, marzo 3

I love nerds

Dicen que son malos para la cama... pero bueno...

Cuando me preguntan cuál es mi tipo de hombres, yo respondo que nerds. Si me preguntan qué es un nerd, aunque no sé muy bien la respuesta, digo que son tipos mateos, que pasan la mayoría del día frente a un libro o una pantalla de computador, tímidos, tienen una risa tonta, siempre única donde aspiran el sonido y aprovechan de mostrar sus dientes; torpes, no saben cocinar; se emborrachan fácilmente y siempre se visten con ropa holgada, chalecos grandes, pantalones anchos, como si tuvieran vergüenza de su cuerpo; en ocasiones importantes usan la camisa dentro del pantalón. Noños, nerds o loosers son mejores cuando usan anteojos. Si tú los miras a la luz del día caminando por la calle, parecen como si no pensaran nunca en sexo, seres asexuados, criaturas inocentes demasiado retraídas ante cualquier deseo; pero si estás en un lugar cerrado con ellos pueden llegar a parecerte el más torcido de los psicópatas sexuales. No sé cómo he llegado a sufrir por hombres así, hombres que se imaginan en sus juegos como mutantes asesinos o heroicos elfos. Mis amigas se pueden reír cuando se los digo, pero luego se preocupan al percatarse que ya hace bastante tiempo estoy enamorado de Nacho y no se me quita.