Virgen del Ojo
ADVERTENCIA: esta es una página para aquellos que no creen en la monogamia. todo escrito por un gay, a veces lesbiano y que espiritualemente es trans
viernes, agosto 14
viernes, junio 19
la masculinidad en bio-mujeres
Hola, esta es una muestra de una performance realizada en la universidad ARCIS
martes, septiembre 9
Valparaíso de todos los fluídos

¿Quién hubiese sabido que llovería ese sábado en Valparaíso? Felipe no lo sabía, tenía sus zapatillas Converse mojadas. Yo lo supe porque vi el tiempo en Chilevisión el día jueves, el mismo día que le dije a mi madre que me iría de paseo con unos compañeros de curso. Ella me prestó dinero. No me preguntó nada, quizás suponía que le estaba mintiendo.
Mi compañero era sólo Felipe, un amigo que trabaja y que por eso me pudo invitar a varios completos en restaurantes pasados a fritura en Valpo, mientras nos tocábamos nuestras rodillas como si las rodillas tuvieran dedos.
Yo nunca había visto a mi amigo en la decadencia. Siempre le alegaba que era demasiado compuesto, una dama tercermundista del siglo XXI. Porque yo soy ingenuo, para mí la pérdida de la vergüenza es estar borracho quizás, mearte mientras duermes, desnudarte en una fiesta, besar a un travesti o follar con tu mejor amiga que es virgen. En Valparaíso, esa ciudad que acumula la orina de todos los borrachos y prostitutas, se puede hacer todo este tipo de actuaciones circenses.
Ese era el desafío: que por primera vez yo viera a Felipe tambaleándose, gritando en la calle quizás, idealmente vomitando. Así que mi amigo se fue bebiendo en el bus una mezcla de alcohol mariquita que era cerveza en una botella de jugo y no nos aguantábamos las ganas de comenzar a besarnos, aunque hubiese una niña con su padre detrás de nosotros. Ahí descubrí que los mejores asientos para tener sexo oral son los últimos.
Si nos curábamos no habría ningún problema, de seguro lo pasaríamos bien inconscientemente. El problema fue descubrir que no nos caímos bien, que no soportaríamos 48 horas juntos. Yo estaba dispuesto a aburrirme y devolverme solo a Santiago. Verlo llorar quizás.
Llegamos al Terminal a la hora que el sol se esconde, así de tierno e ingenuo. Nuestras mochilas estaban que reventaban como las ganas de follarme a mi amigo. Yo no quería seguir comiendo completos, ni churros ni cosas con aceite frito. Caminamos por calles que me recordaban a la Estación Central cuando mi madre me compraba útiles escolares o cuando he ido a comprar cornetas y gorros para cumpleaños.
“Aquí yo besé al gringo”, le dije a mi amigo en la Plaza Victoria, recordando ese episodio del año nuevo. Fue después de un churro. Con Felipe todo es diferente. Se trata de mirarnos a los ojos por un momento y luego cerrarlos, de tocarnos nuestros puños, de andar pegaditos lo suficiente para que se pueda pensar que somos más que amigos. Se trata de burlarme de sus expresiones, de su risa y su hablar de puta. Porque me gusta molestarlo por su tono de voz de mujer y él se enoja y no me habla en una cuadra más. En ocasiones me alejo de él… para observarle su bello culo.
Hicimos las monedas para pagar la pieza. En realidad fue casi lo único que puse de dinero, lo demás fue unas fichas para los flipper, unos conos de helado y obviamente mi reestreno como penetrador en la cama.
Pedimos dos camas. Sólo ocupamos una. El hostal era una casa antigua, el suelo sonaba y las camas un poco más. A un lado de nosotros había una gringa y al otro, no sabíamos, pero sólo escuchábamos el sonido de un partido de fútbol. Pusimos nuestras sábanas y comencé a lamer el cuerpo de mi amigo que ya no tiritaba como lo hacía antes, que ahora me deja meter mi lengua en su ano mientras yo me excito y él gime, y así parecemos un poco lesbianas. Felipe bebía a cada rato vodka con frutilla, comenzamos a esparcirnos el vodka en su estómago, su oreja, mi culo. Estábamos terriblemente solos y pronto debíamos ir a una fiesta.
Era mi primera vez en una luna de miel. Para mi amigo también era su primera vez, por eso me agarraba de mis brazos para que yo no le metiera mi pene tan fuerte, porque le dolía. Yo no le hacía caso, sólo seguía penetrándolo hasta que él me empujaba. Luego mi amigo escondía su culito moreno. Y yo comenzaba a decirle que si algún día le dejaba de hablar demasiado, que si ya no lo besaba, sería porque no me dejaba metérselo. En realidad, era porque me cuesta mucho mantener una erección, porque la vida es más fácil recibiendo un falo que te folla en la cama, en la Universidad, en tu casa, un pene que puede ser hasta del amigo que me mira en los pasillos. Todos estamos acostumbrados a que nos metan el pene imaginario que nos hace andar de la mano sólo ebrios, porque sobrios no podemos porque duele mucho.
A Felipe también le duele mucho cuando lo muerdo, cuando le dejo mis dientes marcados en sus nalgas, cuando no lo acompaño al baño cuando comienza a vomitar, cuando me río porque comienza a llorar en medio de una posición kamasutra y me río no porque me diga “es que tengo miedo a quererte” ni porque esté desnudo llorando y aún así se cubre los ojos como si yo no me fuera a dar cuenta, no me río de su felicidad lacrimógena sino de que comience a decir “no, no, que vergüenza” como si fuera tan humillante llorar. Yo le digo que de eso se trata la vida, de sufrir. Y Felipe se enoja más aún y se levanta de la cama, me acerco y me empuja y me dice que quiere estar solo. Yo espero un rato en una esquina de la cama, pensando en que el carrete ya habrá comenzado, que definitivamente no iremos a ninguna parte, que aún ni siquiera he conseguido un orgasmo, que aún no pruebo el semen de otro, ése sabor a clavo como dice una amiga.
En la pieza de al lado el fútbol ha sido cambiado por un programa de farándula. Comienzo a cantar una canción de Supernova que suena al lado. Hay un cuadro escolar a medio pintar que decora la habitación. Mi amigo sigue hablando respecto a la vergüenza que constituye llorar en medio del acto sexual. Yo le digo que me parece hermoso, como follar con una mujer con la regla.
Comienzo a abordar otra vez a mi amigo, le digo cosas sin sentido, como por ejemplo que estoy muy feliz. Mi amigo no quiere que le meta mi pene y yo no tengo ganas de tener una erección. Entonces decido comenzar a usar mis dedos. Mi amigo gime y le pregunto si siente algo. Yo siento estructuras duras en su interior, me excita verlo con su rostro lleno de dolor y luego de placer. Me parece que no hay nada más lindo que poner los dedos donde no se debe.
Cuando saco mis dedos, descubro que los metí muy adentro. En ese momento recuerdo que no traje toalla. Tomé pedazos de Confort para limpiarme, mientras mi amigo seguía gritando ¡que vergüenza! por ver mis dedos algo cafés. Yo le digo que es obvio, que todo ano tiene algo de mierda. “Pero yo tengo más”, me dice, como si fuera lo peor del mundo, como si lo fuera a dejar por esto. Me dice que nunca más permitirá que lo toque de esa manera. Le digo que se calle, que iré a lavarme mis manos al baño. Me dice que es lo más asqueroso que ha visto en su vida. Luego comienza a hacer arcadas, tuve que abrir la puerta para que no vomitara la pieza.
Me quedé en la pieza viendo una cama cubierta de ropa, el piso lleno de montones de confort, la caja de condones, el dinero que me quedaba y que me alcanzaba justo para irme.
Mi compañero era sólo Felipe, un amigo que trabaja y que por eso me pudo invitar a varios completos en restaurantes pasados a fritura en Valpo, mientras nos tocábamos nuestras rodillas como si las rodillas tuvieran dedos.
Yo nunca había visto a mi amigo en la decadencia. Siempre le alegaba que era demasiado compuesto, una dama tercermundista del siglo XXI. Porque yo soy ingenuo, para mí la pérdida de la vergüenza es estar borracho quizás, mearte mientras duermes, desnudarte en una fiesta, besar a un travesti o follar con tu mejor amiga que es virgen. En Valparaíso, esa ciudad que acumula la orina de todos los borrachos y prostitutas, se puede hacer todo este tipo de actuaciones circenses.
Ese era el desafío: que por primera vez yo viera a Felipe tambaleándose, gritando en la calle quizás, idealmente vomitando. Así que mi amigo se fue bebiendo en el bus una mezcla de alcohol mariquita que era cerveza en una botella de jugo y no nos aguantábamos las ganas de comenzar a besarnos, aunque hubiese una niña con su padre detrás de nosotros. Ahí descubrí que los mejores asientos para tener sexo oral son los últimos.
Si nos curábamos no habría ningún problema, de seguro lo pasaríamos bien inconscientemente. El problema fue descubrir que no nos caímos bien, que no soportaríamos 48 horas juntos. Yo estaba dispuesto a aburrirme y devolverme solo a Santiago. Verlo llorar quizás.
Llegamos al Terminal a la hora que el sol se esconde, así de tierno e ingenuo. Nuestras mochilas estaban que reventaban como las ganas de follarme a mi amigo. Yo no quería seguir comiendo completos, ni churros ni cosas con aceite frito. Caminamos por calles que me recordaban a la Estación Central cuando mi madre me compraba útiles escolares o cuando he ido a comprar cornetas y gorros para cumpleaños.
“Aquí yo besé al gringo”, le dije a mi amigo en la Plaza Victoria, recordando ese episodio del año nuevo. Fue después de un churro. Con Felipe todo es diferente. Se trata de mirarnos a los ojos por un momento y luego cerrarlos, de tocarnos nuestros puños, de andar pegaditos lo suficiente para que se pueda pensar que somos más que amigos. Se trata de burlarme de sus expresiones, de su risa y su hablar de puta. Porque me gusta molestarlo por su tono de voz de mujer y él se enoja y no me habla en una cuadra más. En ocasiones me alejo de él… para observarle su bello culo.
Hicimos las monedas para pagar la pieza. En realidad fue casi lo único que puse de dinero, lo demás fue unas fichas para los flipper, unos conos de helado y obviamente mi reestreno como penetrador en la cama.
Pedimos dos camas. Sólo ocupamos una. El hostal era una casa antigua, el suelo sonaba y las camas un poco más. A un lado de nosotros había una gringa y al otro, no sabíamos, pero sólo escuchábamos el sonido de un partido de fútbol. Pusimos nuestras sábanas y comencé a lamer el cuerpo de mi amigo que ya no tiritaba como lo hacía antes, que ahora me deja meter mi lengua en su ano mientras yo me excito y él gime, y así parecemos un poco lesbianas. Felipe bebía a cada rato vodka con frutilla, comenzamos a esparcirnos el vodka en su estómago, su oreja, mi culo. Estábamos terriblemente solos y pronto debíamos ir a una fiesta.
Era mi primera vez en una luna de miel. Para mi amigo también era su primera vez, por eso me agarraba de mis brazos para que yo no le metiera mi pene tan fuerte, porque le dolía. Yo no le hacía caso, sólo seguía penetrándolo hasta que él me empujaba. Luego mi amigo escondía su culito moreno. Y yo comenzaba a decirle que si algún día le dejaba de hablar demasiado, que si ya no lo besaba, sería porque no me dejaba metérselo. En realidad, era porque me cuesta mucho mantener una erección, porque la vida es más fácil recibiendo un falo que te folla en la cama, en la Universidad, en tu casa, un pene que puede ser hasta del amigo que me mira en los pasillos. Todos estamos acostumbrados a que nos metan el pene imaginario que nos hace andar de la mano sólo ebrios, porque sobrios no podemos porque duele mucho.
A Felipe también le duele mucho cuando lo muerdo, cuando le dejo mis dientes marcados en sus nalgas, cuando no lo acompaño al baño cuando comienza a vomitar, cuando me río porque comienza a llorar en medio de una posición kamasutra y me río no porque me diga “es que tengo miedo a quererte” ni porque esté desnudo llorando y aún así se cubre los ojos como si yo no me fuera a dar cuenta, no me río de su felicidad lacrimógena sino de que comience a decir “no, no, que vergüenza” como si fuera tan humillante llorar. Yo le digo que de eso se trata la vida, de sufrir. Y Felipe se enoja más aún y se levanta de la cama, me acerco y me empuja y me dice que quiere estar solo. Yo espero un rato en una esquina de la cama, pensando en que el carrete ya habrá comenzado, que definitivamente no iremos a ninguna parte, que aún ni siquiera he conseguido un orgasmo, que aún no pruebo el semen de otro, ése sabor a clavo como dice una amiga.
En la pieza de al lado el fútbol ha sido cambiado por un programa de farándula. Comienzo a cantar una canción de Supernova que suena al lado. Hay un cuadro escolar a medio pintar que decora la habitación. Mi amigo sigue hablando respecto a la vergüenza que constituye llorar en medio del acto sexual. Yo le digo que me parece hermoso, como follar con una mujer con la regla.
Comienzo a abordar otra vez a mi amigo, le digo cosas sin sentido, como por ejemplo que estoy muy feliz. Mi amigo no quiere que le meta mi pene y yo no tengo ganas de tener una erección. Entonces decido comenzar a usar mis dedos. Mi amigo gime y le pregunto si siente algo. Yo siento estructuras duras en su interior, me excita verlo con su rostro lleno de dolor y luego de placer. Me parece que no hay nada más lindo que poner los dedos donde no se debe.
Cuando saco mis dedos, descubro que los metí muy adentro. En ese momento recuerdo que no traje toalla. Tomé pedazos de Confort para limpiarme, mientras mi amigo seguía gritando ¡que vergüenza! por ver mis dedos algo cafés. Yo le digo que es obvio, que todo ano tiene algo de mierda. “Pero yo tengo más”, me dice, como si fuera lo peor del mundo, como si lo fuera a dejar por esto. Me dice que nunca más permitirá que lo toque de esa manera. Le digo que se calle, que iré a lavarme mis manos al baño. Me dice que es lo más asqueroso que ha visto en su vida. Luego comienza a hacer arcadas, tuve que abrir la puerta para que no vomitara la pieza.
Me quedé en la pieza viendo una cama cubierta de ropa, el piso lleno de montones de confort, la caja de condones, el dinero que me quedaba y que me alcanzaba justo para irme.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
